CRÓNICAS

Amigos del club, os remito esta modesta crónica de mi primera QH. Un saludo. Soy Nacho Fuentes.

Animado por sus historias y leyendas, durante el invierno decidí que, el año 2006, sería aquél en el que conocería la Quebrantahuesos. Así, a mediados de febrero, formalizaba mi inscripción, no sin dudas que se prolongarían durante toda la primavera. Y es que jamás me había enfrentado a 205 kms, nunca había subido un puerto de montaña de la entidad del Col du Marie Blanque, uno de los puertos más duros de los Pirineos, un clásico del Tour de Francia. Y nunca había subido un puerto de 30 kms como el Col du  Portalet. Y sin embargo, a pesar de las dudas y, ¿por qué no? de los temores, no pude alejarme de la tentación de entrar a formar parte de la magia de la Quebrantahuesos.  

Con emoción y respeto ante al reto que me aguardaba, marché el viernes a medio día rumbo a Sabiñanigo. El tiempo tormentoso no empañó el encanto de la llegada a la localidad oscense y pronto pude comprobar el entusiasmo que rodea a esta prueba: todo en Sabiñánigo giraba en torno a la bicicleta y raro era el coche que no portaba bicicletas de carretera sobre su techo. Tras cenar y tomar posesión de mi litera en el impecable albergue Pirenarium, salí a recoger mi dorsal y me dispuse a descansar. Lastima que mis compañeros de albergue resultaran bulliciosos y trastocaran un tanto mi descanso. Pero a pesar de todo, la noche pasó y llegó el gran día: 17 de junio, la Quebrantahuesos.  

La llegada temprana a la línea de salida de la marcha me muestra la dimensión de la prueba. Miles de ciclistas, más de 7.000, se agolpan en el la pancarta de salida. Allí charlo con los que me rodean sobre lo que nos aguarda. Nos deseamos suerte. A las 8 en punto, chupinazo como en San Fermín… y todos adelante. A por ellos… 205 Kilómetros y los Pirineos en todo su esplendor nos esperaban.  

La salida de la prueba es todo un regalo para los ciclistas, con un paseo por las calles de Sabiñánigo en el que se congregan numeroso público. Se diría que todo Sabiñánigo ha madrugado y se ha echado a la calle para aplaudir, animar y despedir a los participantes. El ambiente que acompaña a la  Quebrantahuesos recuerda a una etapa del Tour de Francia. La Organización es espectacular. Nada desmerece la fama de la Quebrantahuesos.  

Bajo un cielo encapotado pero que no llega a descargar lluvia, salimos de Sabiñánigo y hago los primeros kilómetros con tranquilidad, evitando contagiarme del ritmo frenético de muchos participantes. Ruedo a 30 kms por hora en un  terreno cómodo en el que no dejan de pasarme grupos y más grupos de ciclistas. No entiendo muy bien por qué los participantes salen a tanta velocidad cuando por delante espera un recorrido tan duro. Estoy seguro que muchos de los que ahora me adelantan pagarán el dispendio de energías más adelante. Lo malo es que yo, a pesar de ser más cauteloso, también lo pagaría en el interminable Portalet.  

Lanzada la prueba, vamos dejando atrás localidades, rumbo al Puerto de Somport, frontera con Francia. Formamos un inmenso pelotón en el que ruedo cómodo y disfruto del ambiente, en particular de cómo viven la Marcha los habitantes de la zona. Así, a ambos lado de la carretera, me encuentro a centenares de espectadores que nos animan y jalean. Otros simplemente observan nuestro paso sentados tranquilamente en la puerta de su casa. Así, apenas me doy cuenta y los kilómetros avanzan a buen ritmo: llegamos al kilómetro 30 y nos vamos acercamos al comienzo del Somport. Vamos al encuentro de las inmensas montañas que alzan desafiantes delante de nosotros y los Pirineos, poco a poco, empiezan a mostrarme su grandiosidad. Por otra parte, me preocupa que rompa a llover, las nubes que rodean las montañas no presagian nada bueno y temo, sobretodo, que si llegamos a mojarnos suframos el frío  en el descenso del Somport. Afortunadamente, la lluvia se contiene y, al paso por Castiello de Jaca, la carretera empieza a picar hacia arriba. Me iré despidiendo entonces del plato grande, meto el plato pequeño y empiezo a subir a mi ritmo, que no es ni más alto ni más bajo que el de la mayoría de ciclistas que me rodean. Intento pedalear ligero, ahorrando fuerzas y sigo disfrutando del paisaje y del ambiente. El paso por la bella localidad de Canfranc acentúa el entorno mágico que nos rodea y los gritos de ánimo de los espectadores me hacen sentir un ciclista profesional. Todo resulta perfecto.  

Sin grandes padecimientos alcanzo, bajo nubes cerradas, la preciosa estación de ski de Candanchú, a apenas dos kilómetros de la cima. Allí la organización ha dispuesto el primer avituallamiento así que, entre un enjambre de ciclistas, cojo un plátano y unos higos secos, lleno mis bidones de agua y me lanzo a coronar Somport, no sin  antes recibir los ánimos de una cara conocida del Club Chamartín que me anima y pregunta que tal voy “de momento, bien”, respondo y me despido. Corono Somport en medio de decenas de espectadores y un ambiente nublado y de alta montaña embriagador. Estoy en Francia y ahora toca un bonito y largo descenso de 30 kms. Lamentablemente, ese descenso nos dejará helados.  

No soy un buen bajador, soy muy prudente y no dejo que mi bici supere los 50 kms por hora, controlándola en todo momento. Por ello, durante el descenso del Somport, no dejan de adelantarme decenas de ciclistas. Pasados los primeros kilómetros, la carretera transita entre pintorescos desfiladeros y entonces observo, antes de una curva, a miembros de la organización que nos avisan para que minoremos la marcha. Reduzco aún más la marcha y contemplo una escena difícil de olvidar: unos bomberos intentan bajar por un pequeño precipicio por el que se supone que se ha despeñado algún participante. Un par de días más tarde sabré que allí se mato un ciclista. Al presenciar la escena de los bomberos me di cuenta, como resultaba lógico, de la gravedad de lo que había sucedido: por el lado en el que trataban de descender los bomberos había un precipicio. Cualquier caída por ahí debía ser mortal. Descanse en paz el malogrado cicloturista. Trato de no dar más vueltas a lo que he visto, extremo la precaución y prosigo el largo descenso en busca del temido Marie Blanque.  

Tras superar numerosos pueblecitos franceses, Bedous y Sarrance, el largo descenso nos deja en Escot donde nos desvían hacía el Col del Marie Blanque. Entramos en la carretera de todo un puerto que forma parte de la leyenda del Tour de Francia, un coloso que, tras unos 5 kilómetros suaves, presenta 4000 últimos metros con un desnivel medio que supera el 10%. En suma, un auténtico muro en el que temo poner pie a tierra, pues nunca antes había subido un puerto de montaña con tanta pendiente. Poco antes otro ciclista me pregunta que desarrollos llevo para el Marie. “39 x 27”, -“poco me parece”-, responde. Trago saliva.  

En los primeros tramos del Col de Marie Blanque empiezo padecer la gran humedad que hay en el ambiente, debido no sólo al arroyo que corre paralelo a la carretera sino al día nublado que nos acompaña. Sudo abundantemente y siento como la tensión crece a medida que nos acercamos a los tramos más empinados del puerto. Como sucede en los Cols franceses, los kilómetros están señalizados en orden descendente y los hitos kilométricos se convierten en una nerviosa cuenta atrás. Se acerca el momento de ser o no ser, del poder con el Marie Blanque o el echar pie a tierra, que en mi mentalidad, es el fracaso. Al fin alcanzo las rampas duras, meto entonces el piñón más grande y aprieto los dientes. No hay alternativa. O subo así los cuatro kilómetros o me bajo de la bici y a ganar a pie la cima. Mi velocidad baja a 8-9 kms por hora pero, qué alegría, me siento bien y empiezo a superar a participantes. Me cuesta pedalear pero tengo fuerzas para avanzar. Y me doy cuenta que voy a poder superar este puerto. Los temores se diluyen.  

El Marie Blanque se convierte en el momento más bonito de mi marcha. Incluso por momentos llega a salir el sol, como queriendo presenciar el esfuerzo de los miles de cicloturistas. Subo bien y con ganas, quizás me dejo muchas fuerzas en sus rampas, pero no es un puerto en el que resulte fácil subir sin desgastarse. Hay poco que reservar. Rebaso a muchos participantes, algunos empujando la bici a pie. Tras una larga recta de muchos kilómetros, al final, la carretera gira a la izquierda y empezamos a ver a aficionados que nos animan. Intuimos el final del pleno esfuerzo. Estamos en la cima. Corono el Marie Blanque en el kilómetro 108 sobre las 12.15 de la mañana, en medio de mi entusiasmo.  

Me lanzo al descenso con confianza y calma, a pesar del mal estado de la carretera, parando en el siguiente avituallamiento dispuesto por la Organización. En el que cojo frutos secos, medio sándwich, y lleno los bidones. Trato de beber mucho, pues he sudado demasiado en la subida y llevo el maillot completamente empapado.  

Disfruto de un descenso sencillo y cómodo y llaneo con fuerza y optimismo hasta Laruns. La carretera discurre por un espectacular valle rodeado de grandiosas montañas pirenaicas, buscando el retorno a España. Intento hacer estiramientos sobre la bicicleta para evitar futuros calambres y, aunque me siento bien, sigo sin tratar de forzar en exceso, pues aguarda un desconocido: el eterno Portalet.  

Alcanzado Laruns, la carretera se bifurca en dos direcciones: a un lado la carretera se dirige al legendario Col du Aubisque y al otro, espera España, a través del interminable Col du Portalet.  

Tiramos hacia el Portalet cuando recibo los ánimos de otro ciclista que me saluda y me dice que me ha seguido durante la ascensión al Marie Blanque, intercambiamos comentarios acerca de la prueba. Me comenta que el Portalet se pone serio a la salida del Embalse de Artouste, a 13 kilómetros aproximadamente de la cima. Sin hacer derroches, continúo pedaleando con alegría y ganas. El paisaje sigue siendo precioso, una constante en la prueba, y el sale el sol, alegrando a todos la marcha.  

Sin embargo, los kilómetros del Portalet empiezan a parecer más largos de lo normal. El coloso engaña, parece una subida tendida pero es algo más y terminará engulléndome y dejándome sin ánimo ni casi fuerzas. A pesar de sentirme bien y continuar reservando fuerzas, los casi 30 kilómetros de este puerto son una eternidad y algunos de sus kilómetros encierran pendientes que terminan por hacer mella en los ciclistas que han salido malheridos de su encuentro con el Marie Blanque. Los carteles que marcan los kilómetros que faltan empiezan a debilitar en mi moral… y mis fuerzas. Los kilómetros pasan cada vez con más lentitud. 24, 23, 22… no me siento cómodo y veo como empiezo a eternizarme en la subida. Quería hacerla en dos horas y, al final, tardaré dos horas y media.

18, 17, 16… Aparecen rampas duras antes de Astouste y me pregunto “¿pero esta no era la parte fácil del puerto?”. El cielo empieza a cerrarse y sólo me consuelo la majestuosidad del paisaje. La carretera va remontando el valle sin que se adivine el final de este calvario en que se esta convirtiendo el Col du Portalet.  

Hace mucho que ya no paso ciclistas sino que, por el contrario, me empiezan a adelantar a mí, lo que significa que no voy bien. No estoy derrotado, pero se me atraganta el Portalet. Por fin, una par de kilómetros verdaderamente suaves y alcanzo la ansiada presa en la que paro a avituallarme. Más fruta, almendras, acuarios… cuando empieza a llover. Primero unas gotas. Me pongo el chubasquero que llevo en el bolsillo central del maillot y no me lo pienso, tiro hacia arriba. Apenas 100 metros más tarde, la lluvia se convierte en una espectacular tormenta que cae con fuerza sobre nosotros. Nos calamos por completo y siento como la tromba me empapa por completo. Suenas truenos y suspiro, al pasar junto a otro ciclista, “vaya faena”…  

La tormenta suaviza un tanto mientras continúo la penosa ascensión pero, curiosamente, físicamente me encuentro mejor que antes del avituallamiento, la comida me ha sentado bien, por lo que asciendo animado intuyendo la cima del Portalet. Aunque por momentos vuelve a arreciar la tormenta, me entono un poco e incluso rebaso a algún ciclista. Se ve a la gente muy cascada. El Portalet hace estragos en la Quebrantahuesos. Es el verdadero juez de la marcha.  

A falta de dos kilómetros para la cima empiezo a encontrarme a centenares de aficionados, con sus coches aparcados a ambos lados de la calzada, que te animan con entusiasmo. Me olvido de la penosidad de la escalada y les agradezco sus ánimos. Son mayoritariamente aficionados vascos. El último kilómetro del Portalet es emocionante, entre gritos de apoyo. Corono al fin sobre las 15.30 de la tarde y siento el alivio. Lo más duro ha pasado, aunque siento que el Portalet me ha devorado. En su escalada infinita me he dejado las fuerzas y la moral. Sólo deseo acabar. Sé que quedan casi 55 kilómetros y espero que sean muy sencillos.  

Cojo un periódico y desciendo camino de Formigal. Llueve un poco y la carretera está mojada, por lo que no me lanzo en exceso. Un poco más adelante el recorrido abandona la carretera buena y entramos en otra estrecha y peor. Intuyo la trampa. Espera la Hoz de Jaca, la cruel muesca final de la prueba.  

Pensando en alcanzar de una vez Sabiñánigo, empezamos a subir los dos kilómetros de la Hoz cuando siento un amago de tirón. Paro, me bajo de la bici y, con ayuda de un voluntario, hago un par de estiramientos.  Vuelvo a la bici y subo muy suave, para evitar tirones. Aún así voy al ritmo de todos. Somos cadáveres en bici.  

En la cima, sobre la presa de Búbal que bien merece una mirada, volvemos a bajar, ya definitivamente, rumbo a Sabiñánigo. Me engancho a un grupo que vuela a 35-40 kilómetros y sufro para seguir su rueda. Merece la pena el esfuerzo con tal de poner fin a esta interminable prueba.

Sobre las 5 alcanzo Sabiñánigo. Estoy contento con terminarla pero he tardado 8 horas 51 minutos. No es un tiempo para llamar rápidamente a casa a contarlo. Pero tampoco me importa mucho. La Quebratahuesos ha prendido en mi y volveré, Dios mediante, el año que viene.

 


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