DEPENDE
Todo en la vida es relativo, y todo depende del punto de vista y de cuál sea el canon o referencia que adoptemos como modelo (ya Campoamor dijo que nada es verdad ni mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira). He aquí un claro ejemplo de ello: la altitud de las montañas (Roncesvalles, en este caso) es mayor o menor sobre el nivel del mar dependiendo de con qué mar la comparemos.

Así reza este cartel grabado en piedra en la Colegiata de Roncesvalles.
En este literario y mágico lugar del Pirineo navarro nos encontramos Félix, Miguel Ángel y un servidor, Álvaro, dispuestos a dar comienzo a una de las rutas que más han influido en la cristiandad y en la historia de Occidente: el Camino de Santiago. Pero antes, ya nos hemos regalado los 55 km que hay desde Pamplona hasta Roncesvalles, superando los puertos de Erro y Mezkiritz debido a que nos parecía excesiva la espera desde las 15:30 h., hora de nuestra llegada en autobús a Pamplona, hasta las 18:00 h., hora de salida del autobús que sube a Roncesvalles. Cierto es que a la mañana siguiente debíamos desandar, o mejor dicho, “despedalear” lo pedaleado en esa tarde para poder comenzar así desde ese emblemático lugar.
La cena fue temprana, después de un abrigado paseo, y nos llamó la atención la afluencia de italianos, que llenaban el restaurante e incluso nuestra enorme mesa redonda, la cual compartíamos con ellos. Esa mayoría de peregrinos italianos se fue confirmando a lo largo de la ruta jacobea.
Al amanecer, Roncesvalles se vistió con un manto de bruma, y eso exigía que nosotros le correspondiéramos con nuestros atuendos más apropiados para tan amenazante situación climatológica.

Momentos antes de iniciar nuestra primera etapa.
La amenaza se iba disipando a medida que nuestras bicicletas nos acercaban a Pamplona, a la vez que nosotros nos íbamos despojando de nuestra ropa de abrigo y la guardábamos en nuestras alforjas.

En las inmediaciones de Pamplona.
La salida de Pamplona fue un auténtico suplicio: debíamos tomar la carretera N-111, pero de pronto nos vimos al borde de la autovía o autopista Pamplona – Logroño y sin ninguna indicación para tomar la antigua nacional, de modo que fue necesario preguntar a los conductores de los camiones de las obras y a algún tractorista que por allí andaba en ese momento. ¿Qué será –comentaba Félix– de los peregrinos extranjeros que van confiados con sus mapas e itinerarios de ruta prefijados y se encuentran con que los nuevos trazados han variado el itinerario y no se indica el recorrido correcto? Nosotros, al menos, preguntamos (hablamos la misma lengua).
Una vez superada esta dificultad, el resultado es que pedalear por las antiguas carreteras nacionales es ahora un placer, pues el tráfico denso ha sido absorbido por las nuevas autopistas.
Ya encauzada nuestra ruta, nos cruzamos con otro peregrino ciclista que, con acento italiano, nos comunicó que un poco más adelante se encontraba su compañero parado en la cuneta con la bicicleta averiada: la cadena se le había encajado entre el plato pequeño y el cuadro y no había manera de soltarla (Porca madonna, maldecía). La solución de los improvisados mecánicos Miguel Ángel y Félix fue desmontar los platos, liberar la cadena y volver a montar los platos.
La etapa se reanudó superando el Alto del Perdón y numerosos repechos.
Después de comer en Puente la Reina el copioso menú de un restaurante servido por un huraño camarero, llegamos a nuestro destino de este primer día: Estella.

Así nos recibió Estella.
Estella se encontraba en plenas fiestas, con encierro incluido, el cual tuvimos ocasión de presenciar en nuestro paseo por la población.
UN BRINDIS POR EL CAMINO
Por la mañana, temprano, coincidimos en el bar del hotel con los italianos averiados el día anterior. En agradecimiento por el servicio de mecánica, sin el cual no hubieran podido continuar, nos explicaban, pagaron complacidos nuestros desayunos.
Ya en ruta, a 6 km de Estella, es inexcusable una parada en un curioso lugar: la fuente del vino del monasterio de Irache, donde la tradición obliga a brindar.

Y nosotros, faltaría más, cumplimos con la tradición.

Fuente del vino de las bodegas y monasterio de Irache.
Confiando en no toparnos con ningún control de alcoholemia, reiniciamos nuestro camino como siempre que tocaba parar un buen rato: cuesta arriba.

Reanudamos la marcha hacia La Rioja.
La jornada transcurrió entre continuos toboganes hasta Santo Domingo de la Calzada, que, como Estella, también se encontraba en fiestas, por lo que nos vimos obligados a alargar la etapa hasta encontrar alojamiento en Castildelgado.

Los repechos eran continuos.
Previamente, a la hora del aperitivo (creo que la hora del aperitivo es, más o menos, a las 12:30 h. o 13:00 h.) adquirimos la sana costumbre de buscar una terracita por la población que tocara al paso y disfrutar de unas merecidas y frías cervezas acompañadas de algún pinchito, ración o vianda que se pusiera a tiro. Esta sana costumbre, como ya he dicho, quedó instaurada a partir de esta segunda jornada al paso por Logroño.

Esperando nuestro refrigerio.
Se unía a todo ello una motivación extra que añadía a este viaje varios puntos de calidad: como nuestros apreciados amigos ciclistas y lectores saben, una de las variantes de entrenamiento que los corredores de alto nivel realizan es “tras coche” o “tras moto”; pues bien, nuestro amigo Miguel Ángel y un servidor (Álvaro) hacíamos algo equivalente: hacíamos “tras Félix”.

Nuestro amigo Félix nos protegió del viento y nos marcó el mejor ritmo en todo
momento.
POR TIERRAS DEL CID
En la tercera jornada, tras superar el alto de La Pedraja y una tendida y larga bajada, entramos en Burgos, lo cual coincidía con la esperada hora del aperitivo, con la que se habría de cumplir en una terraza al pie de la catedral.

Coronando el puerto de La Pedraja.

La velocidad en el llano nos permitía parar las veces necesarias y, a pesar de ello, llegar pronto a nuestro destino.

Ante la Catedral de Burgos.
Faltaban una o dos horas hasta la próxima parada para comer, por lo que acordamos continuar nuestro camino, y para ello decidimos seguir una buena rueda que nos sacara de la ciudad castellana, como se aprecia en la siguiente imagen.

Miguel Ángel encuentra una rueda menos exigente que la de Félix por la ciudad
de Burgos.
Y ya que hemos mencionado lo de la hora de comer, vamos a entrar a desarrollar el tema: nuestras comidas no eran cualquier cosa, no; por supuesto, nuestro viaje tenía un porcentaje de aventura, pero esa aventura en bicicleta transcurría por el norte de España, y es que por ahí, ya se sabe, se come bien y en abundancia (qué le vamos a hacer), de mesa y mantel, claro. Por lo tanto, desde el principio también había quedado instaurado el comer el menú del día hasta un poquito más allá de la raya del umbral de la saciedad, a eso de las 14:30 h. o 15:00 h. en el lugar que tocara al paso.

Rellenando los depósitos.
En la reanudación de nuestra marcha tras la abundante comida, la ruta proseguía por las agostadas llanuras de cereales burgalesas, atravesadas por estrechas y solitarias carreteras.

En el páramo burgalés.
Y esa ruta nos hacía pasar bajo las impresionantes ruinas del convento de San Antón, pocos kilómetros antes de nuestro destino del día: Castrojeriz.

La carretera pasa bajo la antigua entrada principal del convento de San Antón.
Y fue en esa localidad, Castrojeriz, donde disfrutamos de uno de los hostales más agradables y acogedores de nuestra dura aventura, como se puede apreciar en las fotos.


Un acogedor lugar para alojarse en Castrojeriz.
No penséis que todos los alojamientos que hemos tenido han sido de este estilo; también ha habido algún que otro hostal cutre que parecía un lupanar, lo cual incorporaba un grado de dureza más, si cabe (je, je).
EL CAMINO DEL VIENTO
Nuestro destino de la siguiente etapa era Mansilla de las Mulas, ya a las puertas de León, y hacia allá dirigimos nuestras pedaladas tras el habitual desayuno de pan de pueblo tostado, con mantequilla y mermelada, y café con leche. En esa misma mañana pasamos de la provincia de Burgos a la de Palencia, tras observar la llanura salpicada de pequeños pueblecitos y atravesar el río Pisuerga por el puente románico llamado de la Mula, y sin que hubieran acabado las horas matinales, ya habíamos entrado en la provincia de León, en Sahagún.
Antes habíamos hecho las correspondientes paradas y fotografías en lugares como Frómista y Villalcázar de Sirga.

Iglesia románica de San Martín (Frómista).

Por los campos de cereales palentinos.

Posando con un amigo.

En amena tertulia con otro amigo.
POR LA MARAGATERÍA
Nuestra siguiente jornada nos llevaría hasta Rabanal del Camino, justo al inicio del puerto de Foncebadón, también conocido como la Cruz del Ferro.
Tras superar en los primeros kilómetros el Alto del Portillo, lo cual no suponía ninguna dificultad, avistamos al fondo la ciudad de León.

Una adivinanza: ¿en qué ciudad nos encontramos?
El perfil del recorrido es irregular, alternándose zonas llanas con zonas de toboganes. El viento nos podía jugar una mala pasada, pero un día más lo teníamos como aliado.

Según nos acercábamos a Galicia, se veían más grupos de peregrinos.
Tras pasar por Hospital de Órbigo y atravesar su puente medieval, 15 kilómetros después nos plantamos en Astorga, capital de la comarca leonesa de La Maragatería. Tras el pertinente refrigerio, salimos de esta maravillosa localidad en dirección a Murias de Rechivaldo, Castrillo de Polvazares, Santa Catalina de Somoza y, finalmente, Rabanal del Camino, pueblecitos que estarían abandonados hoy día si no fuera por la vitalidad económica que les aporta el paso diario de los peregrinos durante todo el año.

Puente medieval de Hospital de Órbigo, escenario de unas justas entre
caballeros en el siglo XV, protagonizadas por Suero de Quiñones.

Castrillo de Polvazares, ejemplo más representativo del típico pueblo maragato.
A la salida de Castrillo de Polvazares nos encontrábamos con los primeros repechos que ya forman parte de las estribaciones del puerto de Foncebadón, el cual afrontaríamos al día siguiente: la tarde y la noche las pasaríamos en Rabanal del Camino.

En los repechos que nos acercaban a Rabanal del Camino
adelantamos a este curioso “ciclocamionero”.
En Rabanal nos alojamos en otro de los establecimientos hoteleros dignos de ser recordados: La Posada de Gaspar.

La Posada de Gaspar (Rabanal del Camino).

Interior de La Posada.

Distintos tipos de peregrinos en su tiempo de recuperación.
PIEDRAS Y PAJA
Esta penúltima etapa completa (podemos considerarla así porque teníamos previsto entrar en Santiago sobre las 12:00 h. dos días después reservando los últimos 50 kilómetros del Camino para esa mañana) prometía ser dura. Para empezar, la salida del pueblo es el inicio del puerto de la Cruz del Ferro. Son 8 kilómetros en los que la tradición dice que cada cual, para liberarse de buena parte de los pecados o faltas que haya cometido a lo largo de su vida, debe transportar una piedra y depositarla al pie de la cruz que se encuentra en la cima, pero, claro, portándola desde abajo del puerto (si no es así, la cosa no tiene mérito –ni gracia, añadiría yo–). Y no es ésa la única condición: cuanto más voluminosa y pesada sea la piedra, mayor será la redención, remedio o liberación (de la piedra, pienso yo).
Pues bien, según estas premisas, Félix se ha debido de quedar completamente, y para mucho tiempo, liberado de faltas por el cacho de pedrusco que subió desde abajo. Miguel Ángel y yo transportamos una piedra más humilde ya cerca de la cima.

En la ilustración se puede apreciar la piedra que Félix lleva en el transportín
de su bicicleta.

La Cruz del Ferro, uno de los símbolos del Camino de Santiago, en el que
peregrinos y viajeros de todo el mundo depositan algún recuerdo de su paso.
Tras un serpenteante y vertiginoso descenso, en medio del cual se atraviesa el pintoresco pueblecito de El Acebo, se llega al no menos bello pueblo de Molinaseca, puerta de entrada de Ponferrada, capital del Bierzo. Continuando en nuestro pedaleo y después de visitar Cacabelos, repostamos en Villafranca del Bierzo un buen menú que nos diera las fuerzas necesarias para ascender el puerto más duro y largo de todo el Camino: Piedrafita y O Cebreiro, la entrada natural de Galicia y final de nuestra etapa.

Momento de la ascensión a O Cebreiro, que marca la entrada en tierras gallegas.

Por fin, hemos alcanzado la cima.

Construcciones celtas de la Hispania prerromana con sus típicos techados de
paja y planta circular.

A la mañana siguiente en O Cebreiro, antes de partir.
O SUBES O BAJAS
Quizás tenga que ver el carácter gallego con la orografía de su tierra. Se dice, lo cual no deja de ser un tópico (con la parte de inexactitud que ello implica), que si te encuentras a un gallego en una escalera, no sabes si sube o baja. Y probablemente la razón de esto sea, no lo sé a ciencia cierta, a que no hay un solo metro llano desde que entras en Galicia: o subes o bajas, y menudos repechones.
Ésta era, en realidad, la verdadera última etapa, ya que para mañana quedaba la entrada triunfal en Santiago de Compostela en las primeras horas.
Pero todavía había que llegar a Mélide y pasar allí la noche, después de disfrutar de uno de sus manjares: el Pulpo a la Gallega.


Éste fue uno de los momentos más duros de nuestra aventura. A pesar de que nuestras caras denotaban felicidad, la procesión iba por dentro: había que dar cuenta de todo aquello que estaba en la mesa, y eso requería un gran esfuerzo por nuestra parte (no os engañéis).
SANTIAGO DE COMPOSTELA, LA META
No, esto no tiene nada que ver con el ciclismo deportivo. La meta era disfrutar de cada pedalada, de cada paisaje, de sus pueblos, de la comida, de los vinos de cada región…
Santiago es una monumental y maravillosa ciudad que produce un especial placer al pasear por sus calles, placer que se incrementa en cualquier otro mes que no sea agosto por el elevado número de visitantes. Aún así, también en agosto, Santiago es Santiago.


Llegada a Santiago de Compostela.

Plaza del Obradoiro (Santiago de Compostela).

Por las calles de Santiago.
Quiero concluir esta crónica manifestando a mis compañeros de viaje y amigos, Félix y Miguel Ángel, mi reconocimiento y agradecimiento por los agradables días que me han hecho pasar.
¡ULTREIA!