CRÓNICAS
Domingo, 6 de mayo de 2007: Marcha Cicloturista Sierra Norte
¡Qué duro es el ciclismo!
Con la emoción de los grandes días despierto cuando aun es noche cerrada para acudir a la mi esperada cita con la Marcha Cicloturista Sierra Norte, la gran marcha madrileña que a través de 145 duros kilómetros atraviesa de sur a Norte la llamada Sierra Pobre. Con la referencia de mi primera participación en 2006 y con el ánimo de corregir errores pretéritos, llego a Valdemanco con suficiente antelación para recoger el dorsal sin nervios ni prisas, no sin antes percibir la presencia de un inesperado invitado, el viento, que parece esforzarse en estropear un día inmejorable para la práctica ciclista, bastante fresco pero muy soleado.
Así las cosas, y con temor a la baja sensación térmica que podemos padecer en los descensos de los puertos, opto por coger una chaquetilla de manga larga y chaleco, prefiriendo pecar por exceso que por defecto. Sé que me condeno a sudar mucho en las subidas y a perder demasiado líquido, pero no estoy dispuesto a pasar frío.
Los primeros 25 kilómetros son neutralizados, hasta la Presa del Villar y los rodamos todos juntos en medio de frecuentes parones y frenazos, convenientemente anunciados, voz en grito, por los ciclistas. Aun así, voy relajado, sin mucha tensión, dejando distancia con los ciclistas que me preceden para evitar sustos y viendo rodar al numeroso pelotón que tengo ante mi. Me entretengo observando las bicicletas de colección que llevan muchos de los participantes y la planta de ciclista de la mayoría. Y es que en esta Marcha, como ya me pareció en año pasado, hay mucho nivel. Así, las cosas, llegamos a la Presa del Villar donde comienzan las primeras cuestas de la jornada en las que la Marcha queda convertida ya en un interminable rosario y cada participante abandonado a su suerte y a sus propias fuerzas. A partir de aquí, tras los primeros repechos que nos enfilan y provocan los primeros jadeos, encaramos pronto el primer puerto de la jornada, el Collado de Fragüela, corto pero con rampas empinadísimas de hasta el 15%, donde como me temía mi desarrollo (39 x 25) se queda corto. Del Collado de Fragüela apenas recordaba nada del año anterior y quizás por ello me sorprende un tanto su dureza; mis pulsaciones se disparan ya, avivadas por la resistencia del viento del norte que se une a la fuerte pendiente y al mal estado de la carretera para endurecer el ascenso. Sin embargo, éste es corto y pronto finaliza sin sacrificios extraordinarios, dando lugar a un descenso pintoresco que ya el primer año me deslumbró. A través del Collado de Fragüela nos adentramos en una carretera de montaña, perdida en la Sierra Norte, que serpentea dejando a la izquierda un profundo valle que aconseja no hacer locuras en el descenso. Finalizado éste, la carretera empieza a alternar suaves falsos llanos y ligeros descensos, rodando con alegría en ese terreno que no resulta cómodo pues ni termina de bajar ni termina de subir. Es lo que tiene esta marcha, muchas zonas que pasan desapercibidas en el gráfico del perfil de la prueba pero que pasan factura. Pero a pesar de ello, y tras parar en el primer avituallamiento para rellenar bidones, pedaleo a gusto en este terreno sin llegar a formar grupeta alguna con otros participantes, aunque a veces colaboro con otros ciclistas para ganar, de una vez, la localidad de Puebla de la Sierra, que precede al puerto más largo de la jornada, del mismo nombre. Éste no es un coloso pero son 7-8 kilómetros que suponen un esfuerzo continuado. Subo bastante bien este segundo puerto, dentro de mi nivel, alejado de tantos galgos que comparten hoy marcha con nosotros y que realizarán tiempos estratosféricos: pedaleao a buen ritmo (12-13 kms/hora, creo recordar) pero sin cebarme, sin gastar más fuerzas de las convenientes, por lo que tiro frecuentemente del 25. Llego bien a la zona de las curvas de herraduras agradeciendo el suave descansillo que le sigue. Antes de llegar a la cumbre de La Puebla contemplo a mi izquierda una amplia panorámica del Puerto, que desde las alturas nos muestra su magnitud. Observo, a lo lejos, una multitud de ciclistas que se encuentran en pleno ascenso, lo que refuerza mis ánimos. Corono y paro en el segundo avituallamiento, situado en su cima, donde relleno bidones y como unos plátanos y frutos secos, iniciando de inmediato el descenso del Puerto de La Puebla, cómodo, que me permite recuperar fuerzas y coger aliento de cara al tercer pico de serrucho que constituye esta marcha, el Puerto de La Hiruela. En el descenso me encuentro a un ciclista reparando el pinchazo cerca de donde yo lo sufrí hace una año: afortunadamente, este año, una vez encomendado a todos los Santos, quedaré libre de la dichosa avería.
Tras el descenso, en el que me quedo frío y pienso en tantos ciclistas que he visto con ropa más ligera que la mía, alcanzo Prádena del Rincón donde reaparecen esos repechos que no figuran en la altimetría de la prueba pero que tanto daño hacen a las fuerzas y a la moral. A continuación, cruzo Montejo de la Sierra, famoso por su hayedo, y encaro la Hiruela, puerto llevadero donde los haya en el que paso bastante calor hasta que alcanzo, a un kilómetro de la cima, una curva a izquierda tras la que entra aire fresco que agradezco. En unos kilómetros he pasado del frío al calor y si bien voy alcanzando y superando a algunos participantes, mi ritmo constante dista bastante de avasallador.
Alcanzo la cima de La Hiruela sobre las 12.30 dándome ya cuenta que no voy a poder bajar de las 6 horas pero, al menos, parece que voy a llegar a tiempo al cierre de Campadales. Este año sí me enfrento a este puerto, al coco de la Sierra Norte.
Tras el descenso de la Hiruela, que es una auténtica delicia con un asfalto en perfecto estado, paro en el avituallamiento donde tomo medio sandwich, plátano y frutos secos. Reposto líquido, aunque la falta de una bebida isotónica en todos los avituallamientos de la Marcha resulta casi imperdonable. Adelante me aguarda ese tramo hasta la localidad de El Cardoso que aparece revestido de tintes oscuros en mis vagos recuerdos de la prueba del año pasado. Y es que es un tramo que no aparece definido en el perfil de la marcha pero que es claramente ascendente y con un firme antipático, rugoso y bacheado, en el que la bici avanza con dificultad.
Sin embargo, este año, quizás por el respeto que me inspiraba, lo hago mejor, sin padecimientos, junto a una grupeta llena de corredores del grupo ciclista Flandes, que se mantienen formando un pelotoncillo. Junto a ellos, dejando a veces unos metros, voy ascendiendo hasta el pueblo de El Cardoso. Una vez pasado, alcanzamos un tramo de descenso que precede a la subida, propiamente dicha, al Puerto de El Cardoso y es en ese descenso en el que sufro un pequeño incidente que me hará perder un poco de ritmo, tiempo y confianza. En un tramo rápido, un ciclista que iba unos metros delante de mí pierde su bomba y, sin mayores miramientos se detiene en el centro de la calzada para dar media vuelta a por ella. Me encuentro al imprudente ciclista justo frente a mi y rodando a una velocidad alegre, dándome únicamente tiempo a frenar alarmado con todas mis fuerzas. Afortunadamente, apenas nos damos, yo salgo despedido por encima de la Trek pero sin llegar caer y nuestras de la bicicletas se quedan enganchadas. Nervioso por lo sucedido, me muestro un poco borde con el imprudente ciclista, recoloco el freno delantero y una maneta que se había movido y reanudo la marcha. Físicamente no estoy mal, pero el gesto violento no me ha beneficiado a unas alturas de la marcha en la que el cuerpo se empieza a resentir. Y lo que es peor, pierdo la referencia de la grupeta en la que tan cómodo me sentía. En fin, estas marchas son tan largas que tienen este tipo de trampas y obstáculos, ante las que no queda otra que volver a subirse a la bicicleta, saber sufrir y pedalear con las fuerzas que queden.
La subida al puerto de El Cardoso, en sí, es corta y agradable, haciéndola con calma, intentando recobrar la confianza en la máquina, pues temo algún problema en la rueda y freno delantero o en la dirección. Es en la cima del puerto, antes del correspondiente descenso, donde echo de nuevo pie a tierra y reviso por última vez el estado de la bicicleta constatando que únicamente ha quedado dañado un portabidón. Ya seguro del buen estado general de la bicicleta, inicio el rápido descenso. Lo malo es que he perdido ritmo y, sobretodo, las referencias de la grupeta que me acompañaba. En solitario, alcanzo de nuevo Montejo de la Sierra e inicio la subida al hueso más duro de la jornada, el Alto de Campadales, que el año pasado no llegué a ascender. Éste se trata de un puerto corto (poco más de un kilómetro y medio) pero muy duro, de fuertes pendientes (15-16%) para las que, dadas las fuerzas que me quedan en mis piernas, mi 39 x 25 parece claramente insuficiente. Antes del inicio del puerto, la travesía por Horcajuelo de la Sierra no puede ser más incómoda, en pendiente y alternando asfalto y una franja de pave perpendicular, a modo de badenes, que no me hacen mucha gracia. Al fin, salgo de Horcajuelo y me enfrento al puerto propiamente dicho. Como se sabía, es muy duro, meto máximo desarrollo, corto para mis fuerzas, me pongo de pie en la bicicleta para evitar calambres o tirones musculares, pues a estas alturas el esfuerzo es ya considerable, y subo a 8-9 kms/hora los tramos más duros. Por delante me encuentro a una decena de ciclista retorciéndose de pie sobre su bicicleta y por detrás, otros tantos. La escena me reconforta, compruebo que todos sufrimos la misma dureza del recorrido, que compartimos padecimientos. “Qué no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha” y la inmensa soledad del Alto de Campadales me muestra el generoso esfuerzo de los cicloturistas que participamos en estas marchas, esfuerzo que queda sólo en nuestra memoria, que carece de testigos, que se queda en el anonimato más completo, pero que a los protagonistas del mismo nos deja la grata recompensa de nuestra superación. Quizás no resulte fácil entender estos sufrimientos a quienes no comparten nuestra afición, pero este esfuerzo gratuito y generoso, sin recompensa aparente, nos llena y nos conforta quizás porque sentimos que hacemos algo verdaderamente extraordinario y es que, acabar estas Marchas tan duras, realmente lo es. Finalizo así una subida que he disfrutado más cada metro que le ganaba a la misma y donde he alcanzado a un sufrido ciclista mientras otro me ha superado a mi. Empate. Tras ella, nuevo avituallamiento en el que tiro de recursos propios y me tomo un gel de fácil asimilación ya que sé lo que viene por delante y me lanzo buscando ya los últimos 40 kilómetros de la prueba. Todos los puertos señalizados han pasado, pero esta marcha tiene un final quebrado y traicionero que convierte el postrero y sufrido esfuerzo en agonía.
La bajada del Alto de Campadales es buena pero hace un fortísimo viento que te frena bastante. De hecho, la primera curva a mano derecha se convierte en una pequeña odisea pues el aire entra de frente con toda su furia. Todo el descenso lo hago con cautela, preocupándome por mantener recto el manillar y no caerme en medio del vendaval desatado. Una vez acabado, empiezo a encontrarme con la tónica que me espera, que alterna repechos serios y suaves descensos. Afortunadamente, el viento ahora juega a favor y los kilómetros empiezan a pasar con rapidez, ruedo a buen ritmo esta vez ayudado por el invitado inesperado: Madarcos, Presa de Puentes Viejas, Manjirón, pasan rápido y alcanzo y supero a una furgoneta y un grupo de ciclistas de Alcobendas. Estos son kilómetros que disfruto, con fuerzas suficientes y viento a favor, pero que nos darán paso a los últimos sufrimientos de la jornada, ya que tras superar El Berrueco, con sus alegres vecinos animando ruidosamente a los participantes de la Marcha, todo cambia. Y es que, desde el Berrueco hasta La Cabrera y Valdemanco, la carretera gira a la derecha y nos castiga con un terreno claramente ascendente en el que el viento ya no ayuda sino que entra de forma lateral convirtiendo estos kilómetros finales en una tortura inmerecida. Las fuerzas flaquean por completo y me dejo mis últimos alientos en los repechos que preceden a La Cabrera, entrando finalmente con las luces de emergencia dadas en la llegada a Valdemanco. Termino así la marcha, completamente agotado, vacío por el esfuerzo. Consulto mi Polar CS200 y compruebo que el tiempo total empleado es de 6 horas 22 minutos (tiempo real de pedaleo, 6 horas 9 minutos), a una velocidad media de 23.6 kms/hora.
Una vez más, compruebo que no soy un superdotado para este deporte pero al menos he mejorado mi actuación de hace doce meses. Así, con esa satisfacción, marcho a casa. Aún no estoy en condiciones de pensar en si volveré aquí el próximo año pero no albergo dudas de que, a medida que me recupere del esfuerzo, sólo me quedarán las sensaciones positivas de esta gran Marcha.